Si tengo el animo de abrir los ojos de nuevo, si aún queda en mi cuerpo esa persistencia de la memoria y la costumbre que es abrir los ojos, e iniciar la secuencia de pequeños ritmos de lo cotidiano...
Si aún conservo eso, se, no es por puro automatismo. Así pudo serlo un cierto tiempo. Así lo fue un largo tiempo. De eso guardo memoria. De eso, estos musculos y estos huesos, se acuerdan. porque hubo un tiempo qeu abordar un día más, era tan solo un reflejo de lo cotidiano...
Como hubo un tiempo en que, abrir los ojos, era un acto lleno de energía y cargado de deseo e ilusiones. Como hubo un tiempo, en que abrir los ojos, era un acto de pura rabia...
Si tengo ese ánimo hoy, ya no es de ninguna de esas formas. Todas han tenido su momento. Y ahora es el momento de abrirlos por puro coraje. Por puras ganas de no querer darme por vencido...
Así es como hoy abro los ojos...
Mostrando entradas con la etiqueta P de Personal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta P de Personal. Mostrar todas las entradas
lunes, 27 de octubre de 2008
martes, 26 de agosto de 2008
¿Quien dijo que el amor no existe?........
Yo he encontrado el amor de mi vida.....
Y eso me ha mantenido tan lejos, dichosamente lejos, de este mundo de teclas y pantallas.....
¿Que como va?.....
Pues a la espera que el amor de mi vida se rinda y piense que yo tambien soy el amor de su vida... ¿que pensabais?...
Como la vida misma, si.
Yo he encontrado el amor de mi vida.....
Y eso me ha mantenido tan lejos, dichosamente lejos, de este mundo de teclas y pantallas.....
¿Que como va?.....
Pues a la espera que el amor de mi vida se rinda y piense que yo tambien soy el amor de su vida... ¿que pensabais?...
Como la vida misma, si.
lunes, 28 de enero de 2008
lunes, 10 de diciembre de 2007
Hijo de la luna....
A falta de poder concretar cual es mi primer recuerdo, este es uno de ellos...
Es noche de verano. Hace calor, mucho calor. Tanto como para que los niños estemos apenas en pantalón corto y, los más descamisados. Muchos descalzos. Estamos en la era, donde todo el pueblo esparce el trigo y las mieses, sobre la explanada de piedra. Este es trabajo de hombres. Una cuadrilla esparce con las grandes horcas de madera, las haces por el campo. Luego un hombre, montado sobre el trillo de madera, con el fondo claveteado de puntas de silex y tirado por una yunta de mulas, va dando pasadas por encima de ellas. Venga vueltas y más vueltas. Cuando las mieses ya están lo suficientemente roturadas, la cuadrilla de los hombres con las hoces, aventa las mieses al aire. El mismo aire separa la paja del grano, que se se va amontonando pacientemente. Luego otra cuadrilla lo va recogiendo con celemines de madera y lo guarda en grandes sacos de yute. A la mañana siguiente vendrá el hombre del gobierno con la romana, pesara el trigo y pagara a cada uno su parte. Pero eso sera mañana. Esta noche, pese a que es duro el trabajo, el pueblo esta de fiesta. Es la fiesta de la cosecha y el olor del dinero por llegar. El fruto de otra estación más.
Las mujeres, apartadas, pero alrededor de la era, están cocinando grandes perolas de migas, se fríen morcillas y chorizos, y tocino. Alguien a traído un queso y el alcalde ha aportado un par de jamones, corre el vino turbio en abundancia y el agua clara. Es noche de fiesta. Los cantos se suceden. Los chascarrillos son continuos. Hay alegría en los cuerpos y va a durar hasta bien entrada la madrugada. Los chiquillos, gozosos por la novedad de poder estar despiertos hasta que apetezca, corremos todas las calles, todos los rincones y reímos con los juegos de las tardes ahora traspasados a la noche...
Avanza la noche. Los más pequeños van cayendo rendidos y sus madres los acogen en jergones junto al fuego. Los mayores resistirán hasta el final. Los medianos intentamos lo mismo pero en vano. Con el avance de las horas somos los menos.
Yo, rendido de juegos y morcilla y migas y sueño, estoy en el último de los juegos. Un escondite ingles rápido, porque apenas quedamos cuatro o cinco zagales. Estoy escondido entre el marco de lo que antaño fue la ventana de una casa. De pronto un ruido me llama la atención. Mi rostro se gira hacia arriba. Un gran lagarto verde esta cruzando por sobre las viejas vigas de madera que sostuvieron lo que debió ser un buen techo. No me sorprende el lagarto. Estamos acostumbrados a verlos en el campo. Pero mi mirada queda cautiva de otra cosa que jamas antes recordaba haber visto. Una luna llena, grande, panzona, luminosa, con lo que parece una sonrisa dibujada, gravita sobre mi, sobre la casa, sobre la era, sobre el pueblo y el paisaje entero...
Y yo que jamás antes la había visto, porque los niños se van a dormir temprano, me quedo embobado mirando esa luna grave, inmensa, blanca, que me sonríe. Es la cosa más bonita que nunca he visto y me hechiza. Me olvido del juego, me olvido de los otros chiquillos, de los mayores, del fuego, de la era... del tiempo... y me quedo acurrucado en el alféizar de piedra una eternidad, mirando hacia el cielo... y con ese mirar descubro descubro todo un millar de estrellas brillantes, fuera del haz de luz que la luna refleja....
Hay otra vida por encima de mi cabeza y ahora soy consciente de ello...
Cuando el sueño esta a punto de vencerme, me acerco hasta donde están mi tía y mi abuela. Quiero que me acuesten en el jergón. Ella me rodea con sus brazos y seca el sudor de mi frente sobre mi cabello...
- ¡Tía, tía... he visto la luna.. Es muy grande y bonita y me esta sonriendo!...
La luna me enseño a mirar. Que mejor maestra pude soñar.
Es noche de verano. Hace calor, mucho calor. Tanto como para que los niños estemos apenas en pantalón corto y, los más descamisados. Muchos descalzos. Estamos en la era, donde todo el pueblo esparce el trigo y las mieses, sobre la explanada de piedra. Este es trabajo de hombres. Una cuadrilla esparce con las grandes horcas de madera, las haces por el campo. Luego un hombre, montado sobre el trillo de madera, con el fondo claveteado de puntas de silex y tirado por una yunta de mulas, va dando pasadas por encima de ellas. Venga vueltas y más vueltas. Cuando las mieses ya están lo suficientemente roturadas, la cuadrilla de los hombres con las hoces, aventa las mieses al aire. El mismo aire separa la paja del grano, que se se va amontonando pacientemente. Luego otra cuadrilla lo va recogiendo con celemines de madera y lo guarda en grandes sacos de yute. A la mañana siguiente vendrá el hombre del gobierno con la romana, pesara el trigo y pagara a cada uno su parte. Pero eso sera mañana. Esta noche, pese a que es duro el trabajo, el pueblo esta de fiesta. Es la fiesta de la cosecha y el olor del dinero por llegar. El fruto de otra estación más.
Las mujeres, apartadas, pero alrededor de la era, están cocinando grandes perolas de migas, se fríen morcillas y chorizos, y tocino. Alguien a traído un queso y el alcalde ha aportado un par de jamones, corre el vino turbio en abundancia y el agua clara. Es noche de fiesta. Los cantos se suceden. Los chascarrillos son continuos. Hay alegría en los cuerpos y va a durar hasta bien entrada la madrugada. Los chiquillos, gozosos por la novedad de poder estar despiertos hasta que apetezca, corremos todas las calles, todos los rincones y reímos con los juegos de las tardes ahora traspasados a la noche...
Avanza la noche. Los más pequeños van cayendo rendidos y sus madres los acogen en jergones junto al fuego. Los mayores resistirán hasta el final. Los medianos intentamos lo mismo pero en vano. Con el avance de las horas somos los menos.
Yo, rendido de juegos y morcilla y migas y sueño, estoy en el último de los juegos. Un escondite ingles rápido, porque apenas quedamos cuatro o cinco zagales. Estoy escondido entre el marco de lo que antaño fue la ventana de una casa. De pronto un ruido me llama la atención. Mi rostro se gira hacia arriba. Un gran lagarto verde esta cruzando por sobre las viejas vigas de madera que sostuvieron lo que debió ser un buen techo. No me sorprende el lagarto. Estamos acostumbrados a verlos en el campo. Pero mi mirada queda cautiva de otra cosa que jamas antes recordaba haber visto. Una luna llena, grande, panzona, luminosa, con lo que parece una sonrisa dibujada, gravita sobre mi, sobre la casa, sobre la era, sobre el pueblo y el paisaje entero...
Y yo que jamás antes la había visto, porque los niños se van a dormir temprano, me quedo embobado mirando esa luna grave, inmensa, blanca, que me sonríe. Es la cosa más bonita que nunca he visto y me hechiza. Me olvido del juego, me olvido de los otros chiquillos, de los mayores, del fuego, de la era... del tiempo... y me quedo acurrucado en el alféizar de piedra una eternidad, mirando hacia el cielo... y con ese mirar descubro descubro todo un millar de estrellas brillantes, fuera del haz de luz que la luna refleja....
Hay otra vida por encima de mi cabeza y ahora soy consciente de ello...
Cuando el sueño esta a punto de vencerme, me acerco hasta donde están mi tía y mi abuela. Quiero que me acuesten en el jergón. Ella me rodea con sus brazos y seca el sudor de mi frente sobre mi cabello...
- ¡Tía, tía... he visto la luna.. Es muy grande y bonita y me esta sonriendo!...
La luna me enseño a mirar. Que mejor maestra pude soñar.
viernes, 30 de noviembre de 2007
La noche da sentido...
La noche llena de sentido muchas cosas. trae pensamientos nuevos a los ya conocidos. Respuestas a las viejas preguntas de siempre; ¿Quien soy? ¿de donde vengo? ¿a donde iré a parar?. Esas preguntas que nacieron con el raciocinio del hombre y con el moriran, si no hay remedio.
La falta de sueño que sobreviene tras la noche en vela y de trabajo. La fatiga bienhechora, esa anestesia de todas las cosas, menos del deseo de un sueño reparador, que nunca lo es durmiendo de día. Esa suerte de laxitud en el cuerpo que permite a todas las murallas y todas las defensas, relajarse un tanto. Lo suficiente para dejar un resquicio de lúcida cordura o un atisbo de locura con sentido del lugar y del deber...
Eso ocurre en esas horas del atardecer que son el amanecer del resto...
Así como hoy, que mientras me preparo un café instantáneo, me dá por mirar por la ventana a ese mundo que muere y nace, como hoy lo hace, en una fría y limpia mañana de azul metálico. Sin resquicio de herida de nubes, sin la más mínima brisa. Con el sosiego que la helada da a las cosas y las personas. Una de esas mañanas que estan hechas solo para las cosas sencillas, como amar, tomar café, leer un libro, fumar un cigarrillo. Una de esas mañanas en que (no sé bien porque pienso esto) no deberían darse ni recibir noticias que hieren y hacen mal, o por contra, en que el cuerpo presiente que va a recibir la peor de las noticias posibles y menos deseada...
Como que el enemigo hará su carga ahora mismo, abligándonos a una defensa desesperada y quizás la última. O que esa carta llega y no queda más remedio que abrirla para saber, cuando eso ya no importa, porque saberlo no va a ayudar en nada a curar las heridas, de los comos y porques. Quizás tambien los donde...
En una mañana así como esa, como esta, es cuando me detengo a mirar más allá de la opacidad del cristal. Veo las cosas del otro lado. Casi puedo sentir el tacto frío en mis manos de las diferentes texturas; El metal hierro de la verja del aparcamiento, el metal acero inoxidable de las farolas, la piedra granito de la fachada, la piedra cemento del panot de la acera, el orrmigón alquitran del asfalto, el verde húmedo y suave del cesped recortado, el verde húmedo y aspero de las hojas de palma, el verede húmedo breve de los tallos de adelfa...
Y es así y ahora que llega el pensamiento, la idea, como una certeza, tan real y tan viva como el tacto de la helada sobre todas las cosas... ¿Cuantos centenares de noches he desperdiciado lejos de unos brazos amantes en aras del sacrificio del trabajo de los esclavos?...
En este momento sé que han sido y serán, probablemente, demasiadas...
En una mañana así, en que sólo debería haber espacio para cosas sencillas, esa certeza, es sentida como una pérdida, pero, tras una nueva lectura de la misma, esta pierde todo resquicio negativo y queda tan solo en lo que es. La constatación del paso del tiempo. Ni mejor ni peor... mi vida...
El café está listo. Ha pasado otro minuto. Un minuto lento y helado en este caso. Pero no exento de calma y de ternura.
De la calma que dan los años de vida.
De la ternura que da el amanecer. La suma de todos esos amaneceres...
La falta de sueño que sobreviene tras la noche en vela y de trabajo. La fatiga bienhechora, esa anestesia de todas las cosas, menos del deseo de un sueño reparador, que nunca lo es durmiendo de día. Esa suerte de laxitud en el cuerpo que permite a todas las murallas y todas las defensas, relajarse un tanto. Lo suficiente para dejar un resquicio de lúcida cordura o un atisbo de locura con sentido del lugar y del deber...
Eso ocurre en esas horas del atardecer que son el amanecer del resto...
Así como hoy, que mientras me preparo un café instantáneo, me dá por mirar por la ventana a ese mundo que muere y nace, como hoy lo hace, en una fría y limpia mañana de azul metálico. Sin resquicio de herida de nubes, sin la más mínima brisa. Con el sosiego que la helada da a las cosas y las personas. Una de esas mañanas que estan hechas solo para las cosas sencillas, como amar, tomar café, leer un libro, fumar un cigarrillo. Una de esas mañanas en que (no sé bien porque pienso esto) no deberían darse ni recibir noticias que hieren y hacen mal, o por contra, en que el cuerpo presiente que va a recibir la peor de las noticias posibles y menos deseada...
Como que el enemigo hará su carga ahora mismo, abligándonos a una defensa desesperada y quizás la última. O que esa carta llega y no queda más remedio que abrirla para saber, cuando eso ya no importa, porque saberlo no va a ayudar en nada a curar las heridas, de los comos y porques. Quizás tambien los donde...
En una mañana así como esa, como esta, es cuando me detengo a mirar más allá de la opacidad del cristal. Veo las cosas del otro lado. Casi puedo sentir el tacto frío en mis manos de las diferentes texturas; El metal hierro de la verja del aparcamiento, el metal acero inoxidable de las farolas, la piedra granito de la fachada, la piedra cemento del panot de la acera, el orrmigón alquitran del asfalto, el verde húmedo y suave del cesped recortado, el verde húmedo y aspero de las hojas de palma, el verede húmedo breve de los tallos de adelfa...
Y es así y ahora que llega el pensamiento, la idea, como una certeza, tan real y tan viva como el tacto de la helada sobre todas las cosas... ¿Cuantos centenares de noches he desperdiciado lejos de unos brazos amantes en aras del sacrificio del trabajo de los esclavos?...
En este momento sé que han sido y serán, probablemente, demasiadas...
En una mañana así, en que sólo debería haber espacio para cosas sencillas, esa certeza, es sentida como una pérdida, pero, tras una nueva lectura de la misma, esta pierde todo resquicio negativo y queda tan solo en lo que es. La constatación del paso del tiempo. Ni mejor ni peor... mi vida...
El café está listo. Ha pasado otro minuto. Un minuto lento y helado en este caso. Pero no exento de calma y de ternura.
De la calma que dan los años de vida.
De la ternura que da el amanecer. La suma de todos esos amaneceres...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)